Vi(r)ajes en el tiempo

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LOOPER
Looper
Rian Johnson, 2012

Adquieren más y más sentido a medida que pasan los años. Las visiones de futuro que ha dado el cine de ciencia-ficción norteamericano, especialmente desde Blade Runner (1982), van tomando una forma consistente. El malvivir de una humanidad tecnologizada, las urbes oscuras y decadentes, el existencialismo como tema central. Looper se ajusta como un guante a todas estas premisas, añadiendo el desarrollo de la telequinesis en algunos individuos. Su relato acontece en el futurible 2044, si bien entra en juego asimismo un fuera de campo que transcurre treinta más tarde, 2074, en un mundo donde los viajes en el tiempo son posibles, aunque estén prohibidos por ley para evitar paradojas capaces de subvertir la Historia. A pesar de algunas incongruencias que deberemos dejar en manos de la suspensión de la credibilidad, Looper desarrolla probablemente la más interesante dramaturgia en torno a viajes en el tiempo desde Primer (Shane Carruth, 2004), si bien huye de las abstracciones espacio-temporales de aquel enigmático debut para potenciar los tropos del action-movie y el ‘thriller noir’. El más puro entretenimiento se construye aquí a partir de una inteligente distopía.

El tercer largometaje de Rian Johnson (Maryland, 1973), aquel director que con 38 años sorprendió a expertos y paganos con Brick (2005), inscribiendo a Chandler en el contexto de un instituto, consigue algo tan engañoso como borrar la línea que separa el suicidio del asesinato. Joe (Joseph Gordon-Levitt) se enfrenta al imposible dilema cuando tiene que matar a Old Joe (Bruce Willis), es decir, él mismo con treinta otoños más. No solo es su deber como sicario profesional, también es su obligación existencial, pues no hay sitio para dos versiones de la misma persona en una misma dimensión temporal. Su jefe Abe (Jeff Daniels) lo sabe bien, y por eso pone en marcha una feroz operación de busca y captura cuando el viejo Joe logra escapar de su versión joven y emprende la fuga. Y es que en 2074, las autopsias de restos mortales son tan avanzadas que el crimen organizado, cuando tiene que eliminar a alguien, opta por enviarlo al pasado, donde toda una organización de asesinos trabaja para ellos.

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En ese futuro al que viaja la película con los flashbacks (¿o flashforwards?) del viejo Joe ha tomado el mando de la mafia un tal Rainmaker, determinado a cerrar todos las puertas a los viajes temporales. Uno a uno, los sicarios liquidarán sin saberlo a su yo futuro a cambio de un jugoso plan de pensiones en lingotes de oro. Desde entonces, saben que les quedan treinta años de vida. Saben, también, que serán sus propios verdugos. El guion escrito por el propio Rian Johnson esquiva con brillantez los galimatías explicativos (así que haremos lo mismo), para que sea el propio drama, a medida que avanza, el que desenrede una historia centrífugada por las razones del corazón y el destino de un niño prodigio, interpretado (prodigiosamente) por el pequeño Pierce Gagnon. La complejidad del relato, enriquecido con multitud de giros argumentales y desdoblamientos, da pie a una de las más evocadoras y espectaculares propuestas de ciencia-ficción de los ultimos años, que no oculta sus resonancias con Blade Runner, Terminator, Desafío total, Doce monos, Seven o Minority Report.

La sabiduría cinematográfica de Looper no solo pasa sin embargo por integrar, con admirable sutileza, el pasado del cine al que sin duda se debe, sino también por adoptar elementos del noir y el western en un contexto de ciencia-ficción, estableciendo un pulso entre el espacio urbano y el entorno rural, entre la nocturnidad y el día (toda la película es un gigante claroscuro), que acaba emergiendo como una de las claves de la estructura y el significado del filme. Se arriesga Rian Johnson no solo a introducir personajes nuevos y trascendentales una vez avanzada la trama, sino a modificar el tono y las atmósferas del relato. De este modo, el arco narrativo que generalmente se proyecta o se intuye en los cinco primeros minutos de cualquier ‘blockbuster’ , queda aquí a expensas del descubrimiento y la sorpresa, del flujo orgánico que se proyecta hacia inesperadas colisiones y fugas de carácter romántico. A la postre, el joven y el viejo Joe luchan por la misma clase de redención, aquella que solo el amor (y la esperanza de un futuro luminoso) puede disponer.

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Armado con un concepto de la intensidad que no es muy habitual detectar en el cine, Rian Johnson, como hacen Paul Thomas Anderson, Andrew Dominik, Christopher Nolan o David Fincher, planifica y filma cada escena como si fuera una batalla que ganarle al tiempo, un bloque indivisible de imagen y sonido –el trabajo sonoro es excelente– abriéndose paso con una energía arrolladora. No haya nada en esta película, desde la concepción del relato al montaje, pasando por la puesta en escena, las interpretaciones y el score musical, que no trabaje en la misma dirección, y aunque el factor romántico de la historia –los dos Joes, a la postre, se mueven en función de su amor por dos mujeres distintas– no esté a la altura de sus promesas, todo el camino recorrido hasta el clímax de la historia encuentra su sintonía perfecta y la atención por el detalle que demanda cada paso en el camino. Los abundantes personajes secundarios, en este sentido, dejan de ser meras comparsas del drama para adquirir una relevancia poco común, al menos en el cine contemporáneo, en las películas de género.

Desde la máquina con la que fabulara H. G. Welles en el crepúsculo decimonónico, sabemos que los viajes al pretérito o al futuro imaginado, especialmente los que emprende el cine de ciencia-ficción, no son más que otra forma de reflexionar sobre el presente. Al tiempo que se preocupa por erigir un espectáculo cinematográfico de gran carisma, Johnson también inscribe en Looper la atmósfera y vicisitudes de nuestros tiempos, sus temores y sus iras. Asoman claramente en su contexto las dinámicas sociales de la depresión económica, en la que los sicarios, llamados ‘loopers’, son tan adictos a la droga (que en el futuro se administran vía ocular), las discotecas y a las prostitutas de lujo como podemos imaginar a los vampiros de Wall Street, y donde el orden social se ha visto alterado por el “ataque de los vagabundos”, seres sin rostro que, sin saberlo, podrían vivir varias vidas en un mismo cuerpo.

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–Publicado originalmente en El Cultural, en octubre de 2012

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