Sodoma y Gomorra

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EL LOBO DE WALL STREET
The Wolf of Wall Street
Martin Scorsese, 2013

En la carta que Martin Scorsese le escribe a su hija, publicada en L’Espresso el pasado 2 de enero, el director neoyorquino entona algo parecido al canto fúnebre de su oficio: “En los últimos años, me he dado cuenta de que la idea del cine con la que crecí, de las películas que te mostré de pequeña […], está llegando a su final”. Le escribe también a su hija Francesca (actriz nacida en 1999) que, en todo caso, no ve el futuro con pesimismo, que ese “futuro será brillante porque por primera vez en la historia de esta forma de arte, las películas se pueden hacer con muy poco dinero”. Es posible que su último trabajo, El lobo de Wall Street, que ha costado la friolera de cien millones de dólares y siete años de trabajo mano a mano con Leonardo DiCaprio (protagonista y productor de la cinta), la haya realizado desde la conciencia de que representa un final de ciclo. Para él y para el cine.

De hecho, amenaza Scorsese con que esta gran épica basada en las desquiciadas, honestas memorias del broker Jordan Belfort (editadas por el Grupo Planeta) pondrá fin a su carrera cinematográfica. Sería sin duda un digno colofón a su filmografía, pues a su manera el filme se ofrece como culminación de un discurso en torno al exceso y el sentido moral de la naturaleza humana, la que ha explorado de forma obsesiva durante décadas; pero sería también una lamentable pérdida para el arte cinematográfico. Pocos cineastas de su generación, aquella que reinventó el sistema de estudios hollywoodense, han sobrevivido con el prestigio intacto, pocos han sabido bailar al ritmo del cine contemporánao sin perder el paso. A sus 71 años de edad, la feroz energía de su cine se resiste a envejecer. “He tenido que encontrar una energía más furiosa”, explica el cineasta a propósito de El lobo de Wall Street, una enfebrecida épica americana de ascensión y caída, tres horas de duración propulsadas por el motor de la cocaína, capaces de alumbrar varios de esos momentos memorables que han hecho tan grande al autor de Taxi Driver.

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Tremendamente ambiciosa, todo en la película parece diseñado desde la conciencia de que Scorsese quería firmar una nueva, quizá una última, obra maestra. Y así, desde luego, será celebrada por muchos. Especialmente por la confortable tradición que aún busca obras perfectas en el contexto de un cine contemporáneo que admiramos precisamente por su elogio a la imperfección. El lobo de Wall Street es un filme lunático, fuera de órbita, poseído por el desenfreno. “¿Qué sentido tendría realizar una película que expone la corrupción en el mundo financiero de un modo convencional?”, se pregunta el cineasta italoamericano en una entrevista al IndieWire. “¡Eso ya se ha hecho!”. La experiencia de su visionado puede apelar a los efectos del consumo de estupefacientes, esos que habitan en prácticamente cada plano del filme para glosar el festín de codicia y de hedonismo que se apoderó de los mercados bursátiles de los años ochenta en adelante. Pareciera que todo aquello que le interesó a Scorsese del documental Inside Job (2010, Charles Ferguson) en torno a la crisis financiera es el bloque en el que describe la fauna de Wall Street como una manada hambrienta de putas y cocaína. Y el líder de la manada fue Belfort.

En el universo de Scorsese, Wall Street solo podía ser retratado como el equivalente de la Mafia. “Jordan Belfort es el hermano de Henry Hill, el protagonista de Uno de los nuestros –sostiene el director–. Su último objetivo es el mismo, el dinero, las chicas, la cocaína, y la jerarquía de Wall Street tiene una estructura similar a la de la Mafia. Puede que cambie el decorado, que la amoralidad sea más política, pero son la misma cosa”. Así que los gánsters son ahora los brokers de la Bolsa, las pistolas de aquéllos son los teléfonos de estos, los charcos de sangre son los fajos de billete. “¡Stratton Oakmant es América!”, grita Belfort. Y así es, la firma bursátil que dirige con orgullo, que marcó un antes y un después en Wall Street (ganando cientos de millones de forma fraudulenta y a costa de la ignorancia de los pobres), es la expresión encarnada de las prácticas más ruines del capitalismo. Más tarde, perseguido por el FBI, Belfort alzará otro grito en esta película tan gritona: “Fuck America!”. Y claro, el círculo se cierra. Su comportamiento no es tanto el de un mafioso como el de una estrella del rock en una perpetua orgía de sexo y drogas y dólares. Sodoma y Gomorra en el corazón financiero de Occidente. 

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Como le advierte su padre en un momento dado, empleando una de esas frases subrayadas en el guion, los excesos le acaban pasando factura a Belfort. Y quizá esa factura también la paga el conjunto de la película, que en su poética del exceso, casi pasoliniana, limítrofe con el delirio, no encuentra el freno de mano. El lobo de Wall Street no tiene modulación alguna, apenas hay inflexiones. Empieza en lo más alto y ahí se mantiene. Como si Scorsese nos quisiera demostrar, en la era cibernética, que el cine ya no es una cuestión de luces y sombras, de control y descontrol, de contrastes. Nos invita a habitar la locura de un mundo que se colaba por el sumidero del placer y la locura, acaso para que al final nos sintamos también culpables. “Todos somos cómplices del desfalco global, en el sentido de que hemos permitido que la cultura se convierta en algo donde la única cosa que tiene un sentido genuino es el dinero”, reflexiona.

Como Uno de los nuestros (1990), como Casino (1992), como Gangs of New York (1995), El lobo de Wall Street emerge como el último tapiz scorsesiano de los cimientos inmorales de América. Otra crónica de irrefrenable éxito y de imposible redención armada con el vigor, la energía y el relieve que solo Scorsese sabe conferir a las imágenes, embarcándonos en un frenético carrusel que no cesa de ofrecerse como un documento antropológico y como un espejo moral de nuestro tiempo. Hay algo crucial, sin embargo, que diferencia su último trabajo de aquellos frescos monumentales: el humor. A su modo, El lobo de Wall Street quizá estás más cerca de El rey de la comedia que de cualquiera de sus películas. A ratos es un film condenadamente divertido en su desenfreno bacanal, la versión idealizada de lo que acaso Baz Luhrmann quiso hacer con El gran Gatsby y que Sorrentino llevó al éxtasis en La gran belleza. O también podría leerse como todo aquello que no fue la secuela de Wall Street de Oliver Stone o la adaptación de La hoguera de las vanidades. Hay donde elegir. Atrapa como no lo hace ninguna de estas películas el zeitgeist contemporáneo de avaricia, el reverso oscuro del sueño americano. Y lo atrapa desde la comedia negra. Es más, desde la sátira endemoniada.

En su naturaleza cocainómana, la película nos divierte, nos hace vibrar, nos mantiene despiertos y estimula nuestros sentidos. El vértigo es irrefrenable. El guion cocinado por Terence Winter (escritor en Los Soprano y Boardwalk Empire), la edición de Thelma Schoonmaker (que recortó el filme de cuatro a tres horas por imposiciones del mercado) y la selección musical a cargo de Robbie Robertson (donde no falta el protagonismo de Howlin’ Wolf) propulsan la historia con una clase de desenfreno que convierten el ritmo cardíaco de Uno de los nuestros en un flujo pausado. Con el acostumbrado uso de la voz en off tan propio de las épicas scorsesianas, Belfort narra su peripecia en modo documental, en flashback, mediante monólogos interiores, protagonizando spots comerciales (extraordinario arranque) o rompiendo la cuarta pared. La energía es arrolladora, la puesta en escena frenética, el montaje bombástico.

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De nuevo, como tantas veces ha hecho con Robert de Niro, Scorsese lleva a sus actores hasta el límite. Los retratos de Belfort y su camarilla de socios se resuelven entre el realismo y la caricatura, como si buscara la aleación entre John Cassavetes y Jerry Lewis. Las acelaradas interpretaciones de Leonardo Dicaprio y Jonah Hill cruzan las fronteras de la intensidad. Protagonizan una escena en la cocina de Belfort extraordinariamente física, un desafío al que ninguno de ambos actores se había enfrentado antes, mientras que DiCaprio, en una escena crucial en un Club de Campo, somete su cuerpo, paralizado por el abuso de drogas, a increíbles contorsiones. “Suelo pedir a los actores que den menos para expresar más, pero en este caso fue lo contrario. Les pedí que en todo momento se pusieran al límite de la escena –explica Scorsese–. Nunca he dado tanto espacio para la improvisación a los actores”. El extravagante cameo de Matthew McConaughey al principio del film parece establecer el tono. A partir de entonces comprendemos que todo puede pasar en este viaje enfebrecido por la locura financiera.

En la convicción de Scorsese de que había que forzar la máquina hasta que chirriara, la narración de la épica se ve invadida por todo tipo de florituras y de ingenios formales, que de nuevo ponen de manifiesto el talento del director de Casino para sujetar en firme al espectador durante el tiempo que se le antoje, hasa acabar probablemente exhasuto y trastocado. El lobo de Wall Street funciona como un ataque continuado a los sentidos, una cadena de zarpazos a los estímulos del espectador. Su sintaxis es su contenido. Si algo hay que objetar a una película que ha divido necesariamente a la crítica, es que la compulsión irrefrenable que se apodera de las imágenes carece de la indignación necesaria tratando el tema que trata, como si Scorsese estuviera más atento a los manierismos de un estilo tomado por el barroquismo y la automplacencia que al sustrato humano que resipiran obras tan inapelables como Malas Calles o Toro salvaje. Belfort y sus compinches no son humanos, acaso construcciones de la decadencia. Frente al torrente de energía cómica y hedonista del filme, canalizando toda suerte de placeres y distorsiones, corremos el riesgo de olvidar qué es exactamente lo que estamos celebrando. O si realmente había algo que celebrar. 

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– Publicado originalmente en El Cultural, en enero de 2014  

 

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