Oliver Stone: “Moriré como un hombre experimentado”

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SALVAJES
Savages
Oliver Stone, 2012

Oliver Stone (Nueva York, 1946) puede llegar a ser el más soprendente de los cineastas norteamericanos. Puede saltar sin despeinarse de sendos retratos documentales de Yasir Arafat (Persona non grata, 2003) y Fidel Castro (Looking for Fidel, 2004) al relato más heroico posible del 11-S (World Trade Center, 2006). Es decir, puede dar un salto mortal de un extremo al otro del código patriótico de su país y, como los gatos, caer siempre de pie en una tierra de nadie que pronto hace suya. A lo largo de cuarenta años, su capacidad de adaptación al entorno ha sido extraordinaria. ¿Cómo planea su carrera? Desde el otro lado de la línea telefónica, el autor de JFK (1991) contesta a una primera pregunta que no parece pillarle desprevenido: “Es una elección de vida. Cada película que hago es como una mujer de la que me enamoro. Soy un mujeriego de películas. En verdad, siempre he filmado sobre lo que ha pasado en mi vida, lo que ha despertado mi interés. Debo seguir escarbando en la historia para comprender qué le ha pasado a mi generación”.

Con algo de provocador profesional, Oliver Stone también puede llegar a ser el más controvertido de los cineastas norteamericanos. Uno de los más recientes escándalos mediáticos con lo que ha disfrutado la prensa norteamericana ha sido la anunciada conversión al Islam del hijo mayor del cineasta neoyorquino. Sean Stone (uno de los dos hijos que tuvo con su segunda mujer), que tiene 27 años y ha seguido los pases profesionales de su padre dirigiendo documentales, decidió recientemente convertirse al Islam. Ahora se hace llamar Ali. “Lo ha decidido por sí mismo”, le dijo Stone a la publicación The Hollywood Reporter, “y lo hace además por razones filosóficas. A su edad, yo hice locuras mayores”.

Oliver Stone también puede llegar a ser el más excesivo de los cineastas norteamericanos. Son profusas las señales de ansiedad autoral en sus trabajos. Una voz que se anuncia a gritos detrás de la cámara, incluso cuando se coloca la máscara de historiador, invocando con aliento operístico los poderes, paranoias y políticas de la cultura americana. Su fama iconoclasta se ha esculpido tanto sobre el impacto que generaron sus filmes más célebres –Platoon (1986), Wall Street (1987), Nacido el 4 de julio (1989), Doors (1990), JFK…– como sobre la incorrección política que rodea a su persona (confeso consumidor de marihuana, alcohol, LSD, mescalina, setas alucinógenas, ayahuasca y éxtasis). “Me gusta el exceso –sostiene–. Me gusta la grandiosidad como estilo. Me gustan personajes como Gordon Gekko y Jim Morrison. Creo en el poder del exceso porque a través de él vivo una vida más larga”. El viaje de sus protagonistas más memorables suele determinar la estructura narrativa de sus filmes: ritos de pasaje a través de experiencias dolorosas que transforman la inocencia en conocimiento o la culpabilidad en redención. “Moriré como un hombre experimentado”, añade para concluir su elogio al exceso.

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Salvajes contiene las imágenes más vibrantes que ha entregado el autor de Un domingo cualquiera (1999) en muchos años. En ningún caso es una película despreciable en su filmografía. Pero quizá no se hablará tanto de él por el film en sí mismo como, una vez más, por las intrigas mediáticas que siguen rodeando a su persona. A principios de agosto, el cineasta firmó junto a su colega Michael Moore un artículo en el New York Times en el que salía en defensa y ofrecía su apoyo al director de Wikileaks, Julian Assange. “Baltasar Garzón es un verdadero héroe. Yo siempre he defendido y he practicado en mi oficio la libertad de información, y eso es lo que defienden Assaange y Garzón, nada más”, explica apenas un segundo antes de añadir: “Me gustaba la España de Felipe González. Luego llegó ese tipo que se alió con Bush, ¿cómo se llamaba?… ¡Aznar! Con él creo que las cosas cambiaron mucho”.

–¿Y han cambiado mucho las cosas con Obama?

–Bueno, uno de sus objetivos era frenar la guerra del terror que creó Bush, pero no ha podido cumplir todo aquello que prometió. Creo que se ha enfrentado a muchos obstáculos y lo ha hecho lo mejor que ha podido. Aunque no es suficiente. No sé si volverá a ganar las elecciones, está difícil. Pero yo no pienso votar a un idiota como Mitt Romney.

–Hollywood y el cine han cambiado mucho desde que usted empezó. ¿Sigue gozando de la misma libertad creativa que antes?

–Siempre ha habido cambios en el sistema de Hollywood. Nadie puede señalar algo concreto y decir: “Esto es la industria del cine”. Está muy fragmentada. La belleza es que la “industria” ha mantenido gran parte de su libertad, que no ha sido anulada por demasiada censura. En el aspecto técnico, desde luego la explosión digital ha provocado una enorme reconversión. Desafortunadamente el celuloide está muriendo. Para mí es muy triste, pero es más preocupante que las cualidades humanas que siempre hemos valorado en la pantalla están en extinción, arrinconadas por otros estímulos. En América es casi inhumano. El concepto es que las emociones son distintas, los espectadores han cambiado casi tanto en los últimos diez años como en todo el siglo precedente, están mucho más “intoxicados” por el flujo de imágenes, valoran otra serie de estímulos que considero más artificiales. Cada vez veo comportamientos y emociones más despreciables en el cine.

Puede que la grandilocuencia visual del cine de Oliver Stone tocara cima en Asesinos natos (1994) y en esa muy tórrida anomalía noir, en la que muere hasta el apuntador, titulada Giro al infierno (1997). Son filmes que nos ciegan y nos alteran: coloridos, refulgentes, cargados de testosterona, preocupados por la muerte y la violencia extrema. Películas que, no casualmente, realizó después de sonoros fracasos. Tras el estrépito de la olvidable secuela Wall Street. El dinero nunca duerme (2010), su regreso con Salvajes se suma al grupo más exhibicionista, pero también el más divertido de su filmografía, y viene a apuntalar una trilogía con su propia santísima trinidad: drogas, romance y ultraviolencia. Febriles fantasías que enhebran géneros y estilos, movimientos de cámara ricos en anfetamina, imágenes editadas como cuadros de Pollock… el “cine de atracciones” según Oliver Stone.

Oliver Stone

–Hay un humor y una frescura en este tipo de películas, en apariencia menores, que no se encuentra en sus epopeyas de contenido político. El espectador se divierte más viéndolas, ¿pero usted se divierte más haciéndolas?

–No estoy seguro. Me divierto sobre todo durante el proceso de creación. Los rodajes, aunque sean películas más ligeras que Nixon (1995) o World Trade Center, son igualmente complicados. La apariencia de Salvajes es divertida: surferos, el sol de California, mujeres hermosas, drogas, bonitos colores, un thriller de acción… pero la verdad es que me lo he pasado tan bien y tan mal haciendo Salvajes como haciendo Wall Street o W. (2008). Es igual de difícil lograr que funcione con precisión una película sobre el narcotráfico en la frontera, sobre George Bush o sobre el sistema financiero. Son proyectos muy desafiantes. En todo caso, tras la apariencia lúdica, también creo que hay cierto contenido político en Salvajes.

–Desde luego, aunque más bien por alusiones…

–Me interesaba hablar de cómo la guerra [Afganistán] ha distorsionado la sociedad americana, y también sobre el narcotráfico en la frontera de California y México, cómo los cultivadores y camellos de marihuana independiente han entrado en el negocio… Ya estaba todo en la novela de Don Winslow, su retrato de unos veteranos que lucharon en Irak y Afganistán y vuelven a su país para luchar contra los carteles de droga mexicanos. No quería equivocarme en el modo en que retrato la situación. Estaba inquieto ante la idea de no ser capaz de configurar un mapa realista de ese mundo. Son muchas partes en juego y hablé con mucha gente. Es inevitable adquirir un cierto sentido de la responsabilidad ante la gente y el mundo que estás retratando, aunque se trate de una ficción.

–Ha descrito Salvajes como una “ficción hipotética” ¿Plantea un futuro posible?

–Todavía no ha pasado, pero quién sabe… Ahora existen unos siete carteles y medio en México, cuando solía haber tres. Hacen mucho dinero de forma silenciosa, distribuyendo droga por todo el mundo, especialmente en Estados Unidos. Lo que cuento es hipotético porque los carteles aún no han intentado hacerse con el mercado de marihuana en el Sur de California, formado sobre todo por cultivadores independientes, todos jóvenes, guapos y ricos, pero es perfectamente verosímil que lo intenten. Hay mucho dinero allí, y los carteles son como el Wal-Mart de la droga, que acaba absorbiendo a todos sus competidores. Si no ha ocurrido todavía es porque se desataría una guerra cuyas consecuencias son muy difíciles de prever.

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La historia, o más bien la hipótesis de historia, nos la cuenta la joven y hermosa Ophelia (Blake Lively), pieza clave del puzzle. Comparte su vida con dos hombres, los jóvenes Chon (Taylor Kitsch) y Ben (Aaron Johnson), surferos y grandes amigos, que cultivan y distribuyen al por mayor su propia marihauna. Al otro lado de la frontera, la ambiciosa Elena (Salma Hayek), líder del cartel mexicano que quiere quedarse con el negocio de Chon y Ben, cuenta en sus filas con un despiadado hombre de confianza, Lado (Benicio del Toro). Entre ambos rivales, con sus propios intereses en juego, se abre paso en la tupida red del narcotráfico el policía corrupto Dennis Cane (John Travolta), quizá el personaje más ácido en la hipotética guerra que se desata, donde el débil planta cara al fuerte, la sangre joven trata de imponerse a la maquinaria vieja, sádica y resabiada. “Las jóvenes generaciones en cierto sentido triunfan sobre el viejo imperio –explica Stone–, porque están más preparados para los nuevos tiempos, pero el triunfo es muy relativo, sufren una gran transformación en el proceso, pierden su juventud”.

–Tras el rodaje, la actriz Blake Lively dijo que a usted le gusta discutir mucho con los actores. ¿No ha templado su temperamento en todos estos años?

–Cada actor es su propio abogado defensor, y un buen actor debe pensar, sentir y cuestionar cada movimiento de su personaje. Blake ha sido la actriz más agresiva, poniendo en duda cada aspecto del guión, porque cambiaba mucho respecto al libro. Me ha recordado mucho a Meryl Streep cuando tenía su edad.

–Lo cierto es que Ophelia es el personaje clave del entramado. Todo lo que ocurre, ocurre por ella, como si fuera la verdadera droga del relato.

–Es el único personaje que está en ambos lados de la verja. Acaba secuestrada en México y por supuesto sus dos compañeros deciden rescatarla, no sólo porque la quieren, sino porque son responsables de que haya acabado allí. Para mí tiene una progresión muy clara. De ser un típico conejito de playa (“beach bunny”) se convierte en una mujer mucho más madura. En un momento dado, Salma Hayek le dice que su vida sentimental está verdaderamente jodida, que es imposible compartir su amor con dos hombres porque no hay modo de quererles por igual, y creo que esta revelación adquiere gran importancia en Ophelia, que empieza a pensar de otro modo.

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–¿Qué le ha motivado a rodar dos finales para la película?

–El primer final procede del libro, que a mí no me pareció realista porque era una fantasía romántica. Si tuviera treinta años menos, me lo hubiera creído, pero ahora no. Debido a que contamos la película en la voz de Ophelia, una narradora de la que no podemos fiarnos [dice al principio de la película que puede estar viva o muerta], me puedo permitir la licencia de ofrecer dos finales. El segundo es el mío, es mucho más realista. No lo voy a contar, pero para mí tiene mucho más sentido.

–También es una forma de jugar con el espectador, de mantener una distancia con lo que está contando. Emplea un mecanismo muy similar al de Michael Haneke en Funny Games (1997), parando la historia y rebobinando para contarla de otro modo…

–Debo decir que no conozco la película de Haneke. Yo estaba pensando más bien en La mujer del cuadro (1944), de Fritz Lang. La verdad es que no suelo trabajar con muchas referencias. Voy encontrando el tono de la película en el camino. Esta película empezó con la luz y los colores, queríamos traer el Mediterráneo a la playa de California, y progresó hacia un noir mexicano, oscuro y grotesco, que también se combina con algo de western, con cosas de Sam Peckinpah y Sergio Leone, y sobre todo de Duelo al sol (King Vidor, 1946). Pero yo no soy alguien que haga películas que ya han sido hechas por otros. Eso no va conmigo. Soy un cineasta único.

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–Publicado originalmente en El Cultural, en septiembre de 2012

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