La guerra de los idiotas

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TROPIC THUNDER: ¡UNA GUERRA MUY PERRA!
Tropic Thunder
Ben Stiller, 2008

Tom Cruise haciendo ostensiblemente el ganso bajo el disfraz de un histérico productor judío sin escrúpulos. Sobre tal escena desfilan los créditos finales de la declaración de guerra contra Hollywood que ha firmado Ben Stiller con su cuarto largometraje, Tropic Thunder, del que obviaremos su subtítulo castellano, muy propio por otra parte de una industria tan bufa como la que retrata el autor de Zoolander (2001). Si hace siete años el blanco de sus chistes fue la infantilizada, cruenta industria de la moda, ahora le ha llegado el turno a la mano que le paga su mansión en Beverly Hills. Y aunque el conjunto de Tropic Thunder no mantiene la misma intensidad que Zoolander, bien es cierto que el veneno de su agresión es todavía más nocivo, pues no es en absoluto, como nos recuerda la revista “Amante”, una “parodia funcional al poder” (aunque se haya posicionado en el primer puesto de la taquilla). Un poder que sigue alimentándose de contradicciones al permitir a un dinamitador actuar dentro de su sistema ­–el film lo produce DreamWorks y lo distribuye Paramount–; alguien que además es capaz de arrastrar a la estrella mimada de la Meca (que parecía haber perdido los papeles) en su particular campaña de ridiculización contra las grandes corporaciones del show-business cinematográfico. En su furioso y desternillante “yo acuso”, Stiller encuentra otros aliados sin complejos como Robert Downey Jr. (su papel de actor “negro” del Método lleva inscrita gran parte de la intrahistoria más risible del cine), Jack Black, Steve Coogan, Mathew McConaughey o el mismísimo Nick Nolte, todos ellos en roles de guerrilla sobradamente comprometidos con la causa.

El breve vídeo promocional que presentó Stiller en los premios cinematográficos de la MTV (véase en ‘youtube’) ya lo decía todo: las películas se escriben para los estúpidos sobrinos de los directivos. Pero los tres falsos tráilers que prologan Tropic Thunder ya bastarían, con su ejemplar forma de mantenerse en los límites de la sátira, como diagnóstico de una industria cuya creatividad está herida de muerte: la enésima secuela de acción, la comedia de pedos y la producción dramática avalada por premios. Todo un inventario de la metástasis del cine main-stream. La gran coartada de Tropic Thunder, en todo caso, es el cine bélico, es Vietnam. Una verdadera guerra. El falso rodaje de una falsa película sobre una falsa guerra son sólo los factores de una ecuación real: una delirante parodia metatextual que se toma muy en serio. El reparto está completo: los actores esclavos (de la droga, de la popularidad, de su ego), los agentes carroñeros, los productores monstruosos, el director funcionario, el asesor falaz. Lo que iba a ser una especie de relectura esperpéntica de El corazón de las tinieblas (1991) mezclado con El juego de Hollywood (1992) se transforma en un ejercicio de radicalidad cinematográfica que demuestra que Hollywood todavía puede salvarse de su Apocalipsis a base de sangrientas carcajadas, que todavía el cine es posible.

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Lo más cómodo sería desdeñar Tropic Thunder como un producto más de los reciclajes paródicos de los géneros fílmicos, tipo Epic Movie (2007) o las todavía por llegar Disaster Movie y Meet the Spartans. Pero la incendiaria criatura de Ben Stiller no es un “war movie” que se limita a reproducir desmañadamente populares escenas del cine bélico (Platoon, Apocalypse Now, Nacido el 4 de julio, El cazador, Rambo…) con la única ambición de hacer reír al respetable, sino toda una declaración política y cultural sobre el estado de las cosas, con permiso de Wim Wenders. Por supuesto, la tosca extravagancia de Tropic Thunder funciona en diversos niveles, y en su polisemia arroja tanto talento como lucidez por todas las esquinas del plano, desde las interpretaciones al timming cómico a la calidad del artefacto de producción. Stiller, del que no hay que olvidar que empezó su carrera de cineasta con la hoy bochornosa Reality Bites (1994), no sólo se suma a la amplia nómina de directores que, en registros también cómicos, han abierto en canal a Hollywood para mostrar que carece de alma –hablamos por ejemplo de Robert Altman, de David Mamet, de Woody Allen­–, sino que ha perpetrado el film que representa la cima de un post-género de génesis tan noble como Aterriza como puedas (1980) o Top Secret (1984). Tan surrealista como el humor de Zucker y Abrahams, el post-humor que abandera Tropic Thunder, como ha señalado Carlos Losilla, recoloca al espectador (y al crítico) de cine en un nuevo límite del “gusto moral y estético”, pues su energía es completamente irrespetuosa, y por ello penetrante. Lo reconocemos tanto en el brutal asesinato de un oso panda –despachando de un golpe al último blockbuster infantil y a los fundamentalistas de la ecología– como en la comentada escena en la que Jack Black se ofrece a conceder favores sexuales a su compañero para saciar su mono de heroína. La polvareda de afrentas la ha levantado, sin embargo, el personaje Simple Jack, un retrasado mental al que Stiller se atreve a llamar por su nombre, y de paso poner en evidencia la hipocresía de la industria. Con infinita astucia, el humor grueso se conjuga con el humor más fino.

Más allá de su incorrección política, la calidad cinematográfica de Tropic Thunder se autodefine como el bastión de proa de una Nueva Comedia Americana que recoge con gusto, para llevarla al paroxismo, la tradición de la idiocracia en el cine, tan cara para la comedia norteamericana. Los idiotas de Keaton, Chaplin y Groucho Marx han crecido (no diremos evolucionado) hasta el Derek Zoolander y el Simple Jack de Ben Stiller, pero en ese camino han intervenido mentecatos inolvidables como Jerry Lewis, Jon Belushi o Jim Carrey, de los que ciertos defensores de la pureza posiblemente se avergüencen, en la misma medida en que pueden despreciar a los hermanos Farrelly o a Will Ferrel. En tiempos en los que se recupera para la pantalla grande a un tierno patán como el Superagente 86, no cabe duda de que el elogio a la idiotez oculta una diagnosis del mundo mucho más perspicaz de lo que dejan ver las apariencias. La baza de Ben Stiller es que, como autor total del film (que escribe, dirige y protagoniza), aúna en su persona, al menos en intenciones, tanto al Peter Sellers como al Stanley Kubrick que perpetraron Teléfono rojo: volamos hacia Moscú (otro monumento a la idiocracia), introduciendo la noción de autor en un cine que pocas veces ha gozado de esa respetabilidad.

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Pero no está solo. Quizá hoy más que nunca, cuando publicaciones tanto europeas como americanas generalmente acusadas de proselitismo dedican sus portadas a la comedia descerebrada, el género parece gozar de mayor predicamento que nunca. Varios satiristas inclementes como Judd Apatow, Jason Segel, Dennis Dugan, Adam McKay, Seth Rogen, Mike Judge o Ethan Coen (que abarcan desde la factoría Beavis & Butthead hasta Supersalidos y Lío embarazoso pasando por Virgen a los 40 y Pasado de vueltas) han colocado a la comedia disparatada bajo otra lente de análisis al reflexionar sobre sus propios mecanismos genéricos. Si el arte de la comedia siempre ha consistido en expresar alguna verdad a través de la mentira manifiesta, una película como la descabellada Zohan, licencia para peinar (función protagonizada por Adam Sandler), que comparte cartelera con Tropic Thunder, propone una de las radiografías del conflicto palestino-israelí más sagaces que ha dado el cine norteamericano. Y es que, a día de hoy, resistirse a aceptar el poder de la idiocracia en Hollywood no sólo dejaría de lado el grueso de las comedias escatológicas para adolescentes, sería tanto como ignorar las farsas de los Coen ­–en Quemar antes de leer llevan su universo de patanes hasta el límite–, las memorables marcianadas de Wes Anderson, el último y encantador delirio de Michel Gondry (Rebobine, por favor) o propuestas tan deliciosos como Punch Drunk Love de P. T. Anderson, que existe porque existe Adam Sandler. No perdamos de vista a los idiotas.

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– Publicado originalmente en El Cultural, en octubre de 2008

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