Iluminaciones de Amy

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ILUMINADA
Enlightened
Laura Dern & Mike White, 2011-2012

 
El gesto desencajado, la sonrisa torcida, la expresión rota. Una clase de belleza indeterminada, muy extraña, como un cuadro cubista que se proyecta en múltiples direcciones. Sólo un director como David Lynch ha podido extraer lo más perturbador de los rostros de Laura Dern. En Inland Empire (2006), la actriz se prestó como la tabla en la que cincelar los gestos y vacíos fantasmagóricos de la contemporaneidad digital. Con sus movimientos desmañados, su melena de fuego, a sus 45 años, Dern ejerce esa clase de fascinación y desconcierto que generan las presencias desdobladas. Una figura tan carnal como etérea, frágil y resistente como el cristal. El rostro de Amy Jellicoe, su avatar o su alter ego en Iluminada (Enlightened, HBO), es un mapa en el que trazar las angustias y las esperanzas del mundo. En una misma escena, en un mismo plano, con apenas una modulación de luz, puede ser hermoso o grotesco. Una perfecta caricatura del patetismo o un ser surcado de humanidad y de imperfecciones. Actriz superlativa, la presencia de Laura Dern es siempre incontrolable.

En torno a la dualidad de esa presencia, o más bien como reflejo de ella, edifica Iluminada su neurosis bipolar. En ella se originan y en ella van a dar todas las líneas de pensamiento de una serie que cree en la profunda transformación social; una serie que, como en un relato de Julio Cortázar, se presta al funambulismo psicológico. Los puntos de fuga de la personalidad de Amy, entre patéticos y consistentes, adquirirán un pleno sentido (o algo parecido a ello) en el capítulo-desenlace. Que no en vano es el principio de otra cosa, de otra causa y de otra Amy. Probablemente ningún otro actor, ni siquiera James Gandolfini, ha sido tan crucial para esculpir sobre su rostro y su cuerpo el discurso completo de una ficción televisiva. La identificación es automática. Al frente de esta serie de la HBO, como es obvio, está la propia Laura Dern, creadora y productora junto a Mike White, quien también interpreta un papel. ¿Pero qué nos cuenta Iluminada? Mejor, ¿cómo lo hace? ¿Y por qué nos desconcierta, nos irrita y entusiasma, nos trastorna y nos sosiega? Propongamos algunas claves de lectura.

Para empezar: Amy Jellicoe se desnuda en el prólogo. No en el sentido físico, sino en el anímico. Escondida en el baño de la oficina, su rostro es la máscara de la desesperación y la ira, cubierta de lágrimas, al borde del ataque de nervios. Habita el extremo más caótico y excesivo y destructivo de su personalidad. El espectáculo público de histeria que se desata a continuación nos presenta al personaje central del drama (¿o es una farsa?) en el punto más bajo de su vida. Su rosto emparedado por las puertas del ascensor. “¡Te destruiré, te mataré!”, le grita al necesario antagonista, Damon (Charles Esten), su hasta entonces jefe. ¿Cómo seguir a partir de ahí? ¿Cómo equilibrar el compromiso del espectador con los trastornos de un personaje completamente expuesto al ridículo? (Y las escenas que generan incomodidad y compasión y vergüenza ajena hacia Amy serán una dinámica fundamental de Iluminada).

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El tono cambia bruscamente tras el fundido a negro del prólogo. Escuchamos música reconfortante y un grácil plano con grúa nos adentra en un cálido montaje de paisajes exóticos. Dice Amy en off: “Ahora estoy hablando con mi verdadera voz […] Es posible salir del infierno a la luz […] Puedes cambiar y puedes ser un agente de cambio.” ¿Su verdadero yo? Tras su ataque de histeria, Amy se ha sometido a una cura espiritual, una terapia de evangelización new-age en las islas Hawai. Ha sentido la presencia de Dios en una tortuga acuática. Dice también que ahora comprende el valor de la vida. Transformada, regresa a Los Angeles a recuperar su trabajo tras la excedencia (in)voluntaria; pero, sin dinero y sin apartamento y separada de su marido Levi (qué agradable es tener a Luke Wilson de vuelta), Amy tendrá que regresar a la casa de su madre, interpretada por Diane Ladd, también su madre fuera de la ficción. Confía en todo caso en una redención, una utopía.

Como toda ficción de trastorno bipolar, las oscilaciones de tono serán constantes en la serie. Y aunque se necesitan mutuamente, a veces será especialmente difícil conjugarlas con armonía. Cuanto menos generan una colisión de estados de ánimo, un resquebror en las expectativas. Cada episodio reserverá unos minutos de encantadores fragmentos en los que la dulce voice-over de Amy filosofa sobre imágenes que persiguen “la belleza del mundo”, y que navegan plácidamente entre el manual de autoayuda (con frases que imaginamos salidas del libro que presta a Levi, Fluye a través de tu ira), el lirismo y la candidez espiritual. Como los minutos diarios que dedica a la meditación oriental, esos fragmentos nos hablarán desde el yo evangelizador de Amy. Son los espacios de ficción trascendental reservados a la doctrina de Iluminada, otra serie cuya ambición de intervenir en la necesaria transformación moral de los paradigmas sociales es condición inherente a su propia existencia. Si The Wire lo hacía desde la trinchera política, Laura Dern y Mark White lo hacen desde el púlpito espiritual.

La seductora extrañeza que genera la serie, obviamente, se gesta en la bipolaridad de Amy. Esos intercambios de parodia y drama, de caricatura y retrato al natural, se difuminan frente a la tentación de tomarse en serio lo que es tan cómodo tomarse a broma, responden con precisión a la psicosis de un personaje en proceso de transformación extrema. Es el resultado esquizofrénico de infiltrar un elemento en busca de sosiego, altruismo y armonía en el hábitat estresante, competitivo y aniquilador del mundo corporativo, el del dinero rápido y obsceno, el de los residuos tóxicos y la depredación empresarial, representado por la empresa Abaddon (en griego: “destrucción”, “perdición”). La ficción invita a habitar la delgada línea roja que separa la locura de la cordura, pues como hacen en algún momento la mayoría de personajes que rodean a Amy (a veces incluso su propia madre), también sospechamos de un cuadro clínico de enajenación mental a partir de ciertos comportamientos y astracanadas: su hiperbólica empatía con los extraños (abraza hasta a los aparcacoches), su sonrisa forzada, su obtusa insistencia frente a las causas perdidas…

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La ambivalencia juega en favor del propósito de Iluminada, que no es otro que “convertir” al espectador a la causa, empujarle a dar el salto acaso del modo en que Amy trata de “convertir” a Levi (solitario, ocioso, maníaco-depresivo… adicto a la cocaína y el cannabis), hacerle ver para poder creer en lo inconcebible (o la luz divina en una tortuga de mar). Como un inarticulado Quijote que precisa de un Sancho, Amy encuentra a su escudero en Tyler, interpretado por Mike White, de manera que la complicidad de su agitación acontece tanto dentro como fuera de la pantalla. Y aunque la vida social y familiar de Amy sea un imposible, aunque podamos dar por perdida su causa antisistema en un mundo que se destruye sin conciencia, la invitación al sabotaje corporativo que propone no puede ser ignorada. Esa desesperada necesidad de “resetear” su vida (y el avance del mundo), que ya estaba en Breaking Bad, alude ahora a todas nuestras vidas. Los molinos contra los que galopa no eran monstruos de su imaginación. Es entonces cuando el compromiso del espectador se equilibra con las iluminaciones de Amy. Enseñanza quijotesca: solo los locos cambian el mundo.

– Publicado originalmente en el núm. 4 de Caimán. Cuadernos de Cine, de abril de 2012

 

 

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