El infierno no son los otros

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LA HERIDA
La herida
Fernando Franco, 2013

No es habitual, pero en el caso de La herida, aquellos espectadores que previamente hayan leído la sinopsis distribuida a la prensa (es decir, la gran minoría), juegan con ventaja:

1. Ana tiene 28 años. Se siente útil y satisfecha en su trabajo rutinario ayudando a otros. Sin embargo, fuera de su jornada laboral, Ana tiene serios problemas para relacionarse. […] Ana padece lo que los psiquiatras llaman Trastorno Límite de la Personalidad o Síndrome Borderline. Pero ella no lo sabe.

Las dos últimas oraciones pueden antojarse cruciales para muchos espectadores, que se enfrentarán al film envueltos también, de algún modo, en ese nebuloso estado de ignorancia y desorientación vital por el que transita Ana (magnífica Marian Álvarez, que ocupa con mayúscula intensidad y generosa en matices el núcleo de todas las secuencias), tratando de reconciliar su mente con su entorno, sus sentimientos con sus deseos. Pero… ¿jugarán realmente con ventaja quienes conozcan o puedan diagnosticar su extraña psicopatía? ¿No nos encontraríamos en tal caso frente a una película que requiere una nota a pie de página para completar su significado y su propósito?

La decisión del autor de La herida –reconocido montador y cortometrajista que debuta en el largometraje– es de un rigor tan extraordinario como plausible con la propuesta dramática y formal del film. Ese “no saber”, que nunca nos previene ni nos coloca en antecedentes en torno a la suerte de Ana, coloca al espectador en contigüidad anímica con el punto de vista de la película, que es el de su protagonista. Obviando cualquier tipo de estrategia explicativa, ciñéndose exclusivamente a la narración de los hechos, Franco lleva hasta el límite dos estrategias que vertebran la apuesta formal y narrativa de La herida: el plano-secuencia y el fuera de campo.

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2. estoy un poco mjor y me ando controlando. cuando m encuentro asi se me hace mu raro, como si no fuera yo… pero tb pienso q en una d estas se queda todo bien, ¿no? ;) ya me toca!!!”

Pertenecen estas líneas a un momento del chat que Ana mantiene con una presencia invisible en el film, un tal Absurd_Man_75, su ciberconfidente anónimo. Los espectadores familiarizados con los cortometrajes de Franco –Mensajes de voz (2007), Tu(a)mor (2009), Room (2010), etc.– ya habrán detectado su interés por las formas de comunicación social enraizadas en la tecnología. En Room, de hecho, narraba en plano fijo sin cortes (trucado) el suicidio de una adolescente mostrado en directo a través de un foro de internet. Ana también fantasea con el suicidio chateando con su interlocutor sin rostro, en el único bloque “dialogado” de la película que renuncia al plano-secuencia. Editor de amplia experiencia (Aparecidos, Bon appétit, Blancanieves, etc.), no deja de resultar irónico que, como si fuera un dogma, Franco haya optado por encadenar largos planos-secuencia como tejido formal de La herida, de modo que su flujo dramático propone una experiencia de inmersión similar al que acostumbran a ofrecer los hermanos Dardenne en sus trabajos (las resonancias con Rosetta, esencial piedra de toque del cine contemporáneo, no parecen azarosos), dejando poco espacio de maniobra en la mesa de edición.

Bajo estas coordenadas, llevadas con un rigor infrecuente en el cine español, las elipsis (sobre todo un fundido a negro que concentra el paso de varios meses en el tiempo) y el fuera de campo adquieren una relevancia especial en el tapiz dramático de La herida. Llevado al extremo con la virtualidad de Absurd_Man_75, las personas más cercanas y más determinantes en la vida de Ana también transitan como presencias satélite –su compañero de ambulancia (Manolo Solo), su novio (Andrés Gertrúdix), su padre (Ramón Agirre), su madre (Rosana Pastor), etc.–, permaneciendo la mayor parte del film en manifiesto fuera de campo, imposibilitados para penetrar en la burbuja que aísla a la protagonista en su infierno interior, del que el director nos hace partícipes.

En una escapada a San Sebastián para asistir a las segunda nupcias de su padre, que genera en Ana un profundo malestar, mezclado con el pánico y la rabia, el film emerge por unos instantes casi como un apéndice de No tengas miedo (cuyo montador fue precisamente Fernando Franco), en el que Montxo Armendáriz proponía otra suerte de inmersión en el caudal psicológico de una niña que sufre abusos sexuales. En la Ana de La herida podemos vislumbrar un posible futuro para la torturada Silvia (Michelle Jenner) del film de Armendáriz. Todo son sospechas en todo caso, hipótesis a las que la película nunca da una respuesta definitiva, apenas arrojando sombras de dudas.

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3. “Que sepas que eres un imbecil y un mierda, me has dejado tirada cabrón, que estoy hecha mierda y ni siquiera me llamas. Eres una puta mierda de persona, una puta mierda. (Pausa) Que no… Que es broma. Que yo te quiero mucho, que eres muy majo.

No termina aquí el esquizofrénico mensaje de voz que Ana deja en el contestador de su pareja ausente. El infierno habita en ella. De forma crecientemente explícita, las imágenes van desvelando las lesiones que Ana ejerce sobre su propio cuerpo, su inexplicado (¿inexplicable?) y profundo sentimiento de culpa, que acaso solo encuentra algo de reposo en su trabajo sanitario, asistiendo a ancianos y discapacitados. Ana es una bomba de relojería. Las catalizadoras relaciones esporádicas que mantiene en sus noches de crisis autodestructiva terminan indefectiblemente de forma desastrosa, hasta una fiesta en la que decide relacionarse con un desconocido desde el absoluto mutismo, como si nada pudiera ya explicarse, como si no hubiera palabras para nombrar los desequilibrios que la atormentan.

La composición de Ana bascula entre la antipatía y la compasión, siempre determinada por la incomprensión generalizada y la dificultad de empatar con ella. He ahí el riesgo mayor que corre la película. Un riesgo, en todo caso, que no cesa de apelar a la sistemática decisión de plantear muchas preguntas y obviar las respuestas, aunque todas, de algún modo, en trazos aislados, en detalles mínimos, están ahí para ser detectadas. Tal y como entra en cuadro, Ana sale de él, como si La herida nos hubiera mostrado un fragmento de su vida que podría haber empezado y terminado en cualquier otro momento. El corte a negro con que salimos de la vida de Ana, quizá uno de los desenlaces más poderosos del último cine español, nos coloca frente al alarido inclemente del país en el que vivimos, también completamente desnortado. La herida que con pulso firme y áspero realismo diagnostica Fernando Franco se parece mucho a esa herida que supura en todos nosotros. Y cuyo remedio nadie conoce.

– Publicado originalmente en el núm. 20 de Caiman. Cuadernos de Cine, en octubre de 2013

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