Ralph Fiennes: “Vivimos tiempos muy conservadores”

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LA MUJER INVISIBLE
The Invisible Woman
Ralph Fiennes, 2013

Primero fue Shakespeare y después Dickens. En su estimable carrera como cineasta, el actor Ralph Fiennes (Suffolk, Inglaterra; 1962), oscarizado por sus papeles en La lista de Schlinder y El paciente inglés, no se aminala ante cualquier cosa, ni siquiera frente a la estatura de las dos grandes instituciones de la literatura británica. En su brillante debut con Coriolanus (2011) volcó en un thriller político su visión contemporánea del drama shakespereano, y para su magnífica reválida detrás de las cámaras, Fiennes se ha sumergido en la vida de Charles Dickens tomando como inspiración la premiada novela de Claire Tomalin La mujer invisible. “Debo reconocer que yo era bastante ignorante respecto a Dickens –explica Fiennes–, pero me sorprendió verme completamente absorbido por su mundo. Para mí esta película trata sobre los secretos de la intimidad y la emoción del corazón humano”.

Una pregunta se abre paso a través de una producción que, desde su apariencia, no debería hacernos esperar más que un inofensivo drama victoriano en torno a la jovencísima actriz Nelly Terman (Felicity Jones), amante de Dickens (él tenía 45 años, ella 18), con quien el célebre escritor compartió sus años finales tras abandonar a su familia y poner en riesgo su reputación social. Y la pregunta resuena una y otra vez durante y después de la película, como si fuera un eco que reverbera en cada indecisión de los amantes: ¿nos enamoramos de las personas por lo que son o por lo que proyectamos de ellas? Desde algún lugar en Italia, donde Fiennes nos atiende por teléfono, el actor y director responde:

–Ella encuentra el modo de amarle. Yo estaba interesado en trazar las distintas fases de atracción. No es fácil. Dickens está casado y es padre de nueve hijos, siente atracción por una mujer de 18 años… y la clave estaba en mostrar el proceso de enamoramiento de un modo gradual, mostrar cuál era la situación de Dickens, tanto personal como profesional, y perfilar qué significaba ella para él para que decidiera saltarse los códigos morales. No quería hacer una típica historia romántica del pasado. Quería enseñar cómo va creciendo en Nelly el amor hacia Dickens y viceversa. Lo interesante es que nunca pueden mostrarlo abiertamente porque están condenados a la clandestinidad.

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–¿Cómo cree que la historia de pasiones secretas del filme se hace eco con la moral de nuestros tiempos?

–Vivimos tiempos complicados. Creemos que aceptamos distintas variaciones de relación entre hombre y mujer, y también del mismo sexo, pero también creo que vivimos tiempos muy conservadores, pues el comportamiento ético de las relaciones están constantemente bajo escrutinio. Incluso hoy una relación entre un hombre famoso, padre de familia, con una jovencita, generaría muchos comentarios condenatorios. La gran diferencia es el papel que ejercen las publicaciones sensacionalistas, que son muy agresivas a la hora de exponer lo que ellos creen que es un escándalo.

A partir de una estructura de revelaciones y desvelamientos en sutiles flashbacks, precisamente con la intención de hacer “visible” todo aquello que en apariencia es invisible (la mujer del título, pero también los engranajes de un romance clandestino), el filme va poco a poco desvelando la verdadera indentidad de Nelly, su pasado oculto. Colocándose en un punto intermedio entre el period film de corte académico y la pulsión autoral, La mujer invisible confía todas sus cartas al nervio de los intérpretes y una serie de ideas cinematográficas de desafiante eficacia y honestidad.

–Imprime una cualidad casi onírica al relato, ¿cómo concibió su atmósfera?

–Con la ayuda de Rob Hardy, un director de fotografía fantástico. Decidimos filmar en celuloide con lentes anamórficas, que en gran medida imprimen esa cualidad de sueño a la película. Fuimos también muy meticulosos con las composiciones y con el tratamiento del espacio. Me interesa mucho el espacio en el cine, dónde colocar a las personas en el cuadro y en la habitación. Creo que parto de una aprendizaje teatral en este sentido.

–¿De todos los directores con los que ha trabajado, de cuáles ha aprendido más?

–Creo que Anthony Mingella fue una gran inspiración. Era muy colaborativo con los actores, tenía una mente muy abierta. Pero también el director húngaro Itsvan Szabo, con quien trabajé en Sunshine, que tenía un talento muy especial para los primeros planos, para los retratos. Para él era muy importante capturar los pensamientos y emociones grabados en los rostros de las personas.

–Efectivamente, en La mujer invisible adquieren una importancia crucial los primeros planos, donde los personajes dicen con la mirada todo lo que no pueden decirse de otro modo…

–Así es. Lo que me interesaba más era la vida interior de los personajes, lo que ocurría detrás de sus ojos y sus expresiones, dado que vivían en una sociedad de las apariencias en la que la verdadera naturaleza de sus sentimientos se escondía. Un director al que verdaderamente admiro en cómo expresa las transformaciones internas de los personajes es Yasujiro Ozu. Me gusta cómo mantiene la cámara fija y nos vemos forzados simplemente a contemplar. No estaba de ningún modo tratando de imitarle, pero hay un fundamento principal en esa idea de mantener la cámara quieta que en determinadas situaciones parece que es lo más natural que debe hacer un cineasta.

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–En su posición de director, ¿trabaja con los actores del modo en que como actor le gustaría que los directores trabajaran con usted?

–Sí, espero que sí. Bueno, cada actor es distinto. Hay que hablar con ellos de forma distinta. Me gusta mucho repetir las tomas. Tiendo a pensar que los actores mejoran con la repetición, y me interesa qué pueden descubrir los actores sobre sus personajes haciendo más y más tomas. Siempre que el presupuesto y el tiempo lo permitan, creo que es bueno hacer muchas tomas, pero no por el mero hecho de hacerlas, sino porque suele llegar un momento en el que algo verdadero y espontáneo, algo que el actor no controla del todo, aparece de repente. Y esos momentos hay que buscarlos.

–Wes Anderson dice que siente gran admiración por cómo Dickens construía personajes muy exagerados, casi caricaturescos, pero al mismo tiempo lograba dotarles de una gran humanidad y hacerlos muy reales…

–Estoy de acuerdo. Es algo de lo que hablamos en el rodaje de El Gran Hotel Budapest. Pero debo decir que los personajes de La mujer invisible no son personajes en modo alguno dickensianos. Dickens era un observador de la naturaleza humana cargado de humor, siempre imprimía una cualidad cómica a sus personajes, pero yo realmente no intentaba crear personajes dickensianos, quería que fueran los más realistas y naturalistas posibles.

–En este sentido, ¿cómo se planteó su encarnación de Dickens? ¿Era ese hombre tan activo y encantador que retrata en la película?

–Sin duda. Era un hombre extraordinario, estaba poseído por una energía brutal. Escribía sus voluminosas novelas al tiempo que editaba revistas literarias, y era un hombre socialmente muy activo, organizando fiestas con la familia, galas benéficas, montando obras de teatro… Tuve la sensación de que era un hombre que nunca descansaba. Se ha escrito mucho sobre él, y yo me he alimentado de todas las investigaciones publicadas para interpretarlo. Claire Tomalin escribió La mujer invisible hace veinte años, y desde entonces está trabajando en una biografía de Dickens, así que ella también ha sido una enorme fuente de documentación para mi trabajo.

–Parece que quería establecer un contraste entre el retrato de las clases más altas y más bajas de la sociedad, las que Dickens volcó en su obra. ¿Cómo puede un creador de la burguesía convertirse en portavoz de los más pobres y débiles?

–Creo que es posible. Dickens se escapaba con frecuencia de su círculo social para relacionarse con las clases más bajas y desprotegidas, fue testigo directo de los horrores y sufrimientos de los más débiles, y sentía una verdadera solidaridad hacia ellos. En una escena de la película muestró cómo Dickens se pasea por las calles más depimidas de Londres y observa las paupérrimas condiciones de vida a su alrededor. Que conociera perfectamente a la burguesía y aristocracia de su tiempo no hizo sino ampliar su conocimiento del mundo y de naturaleza humana. Es lo que le hizo tan grande.

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Entrevista publicada originalmente en El Cultural, el 6 de junio de 2014

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