La soledad hopperiana de Dick Whitman

MAD MEN
Sexta temporada
Matthew Weiner, 2013

“¿Draper? ¿Quién sabe algo de ese hombre?
Nadie ha levantado esa piedra. Podría ser Batman por todo lo que sabemos”

Harry Crane en “Marriage of Figaro”. 1.3 Mad Men

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En el arranque de la temporada, Don Draper lee un fragmento del Infierno de Dante: “En mitad del viaje de mi vida, me descarrié del camino correcto, y caminé hasta encontarme solo en un bosque oscuro”. El trayecto de Draper a lo largo de los treces capítulos de la sexta temporada, cruzando ese bosque oscuro (en la oficina, en el matrimonio, en la familia), culmina con un plano luminoso, esperanzador, extrañamente reconfortante. Ha librado su batalla silenciosa frente a una identidad fracturada, propulsada también desde el exterior (el affaire con su vecina, la competitividad con un nuevo socio en la firma), y ha encontrado una salida airosa (a la espera de lo que tenga que decir la última temporada) al destino presumiblemente trágico que la vida, ese trayecto oscuro, le aguardaba.

No todo el mundo contaba con que los guionistas de Mad Men le concedieran la redención. Pero los pasos que da Don Draper en el útimo capítulo para llegar hasta ese punto en el que atisba algo parecido a la paz interior están marcados con tanta convicción (hasta que no toca fondo, no puede restituirse), que el plano final llega cargado de lógica y de sentido.

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Es un día soleado. Acompañado de sus hijos, el hombre mira hacia arriba y contempla su pasado. El bastardo por fin se reconoce. El huérfano frente a su verdadera imagen. Richard Whitman recobra la identidad usurpada por Don Draper. Al menos parte de ella. No descubrimos nada nuevo, es perfectamente reconocible, pero advertimos que el lugar al que dirige su mirada, la casa-burdel donde se crió, remite al famoso cuadro House by the Railroad de Edward Hopper, invocado tantas veces en el cine (Hitchcock, Kazan, Malick, Lynch, etc).

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En el cierre de la temporada (quizá no ha sido la mejor de todas, o quizá sí), Mad Men hace explícita una vez más su enorme deuda estética con el pintor norteamericano como retratista de las angustias más profundas de América. En sus cuadros, se ha recordado una y otra vez, van a dar las formas y las atmósferas del cine negro de los años cuarenta, la estética camp, los símbolos, objetos y espacios de desesperanza que se han convertido en figuras recurrentes para representar la vida moderna

En la historia de Don Draper concentra Mad Men el legado noir, poblado de retornos del pasado y caminos hacia la perdición. En el bloque dedicado a Betty surge con evidencia la estética del melodrama sublimada por Douglas Sirk. Los espacios y las atmósferas hitchcockianas, que como los cuadros de Hopper concentran en el poder de una imagen la promesa de un misterio, campan a sus anchas en las formas visuales y narrativas de la serie. ¿No econtramos, por ejemplo, en el romance secreto de Peggy y Ted una posible respuesta al lienzo Office at Night (1940)?

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El cine americano y las pinturas de Hopper se reencuentran en Mad Men. No es ninguna novedad. Tampoco podía ser de otra manera si la serie de la AMC pretendía capturar el alma y la esencia del sueño americano de mediados del siglo XX. Los enmascaramientos de identidad, la moral oscura sumergida bajo la superficie más deslumbrante, las tensiones entre la barbarie y la civilización, el relato oculto, los miedos y los vacíos, el eterno femenino y el deseo sexual, la realidad encerrada en la burbuja de un sueño… Pero los rasgos hopperianos por excelencia, al que van a parar una y otra vez sus pinturas, son la alienación y la soledad. Rasgos que, sobra decirlo, definen con precisión el estado de los personajes de Mad Men, enfrentados cotidianamente a su miseria y desolación. La casa frente a la que se detiene Dick / Don con sus hijos representa, desde luego, su pasado (un pretérito desvencijado, en las ruinas), pero también su soledad. La casa, alrededor de la cual el tiempo ha ido amontonando edificios a medida que el entorno urbano reemplazaba a la vida rural (Don Draper reemplazaba a Richard ‘Dick’ Witman), emerge como metáfora ineludible de su abismo existencial: es un hombre solo.

La sexta temporada de Mad Men transcurre en 1968, cuando Robert Kennedy y Martin Luther King fueron asesinados, cuando las revoluciones eran románticos y los vientos de cambio social rugían con la música popular y la experimentación con drogas (hay que ver lo bien que le sientan a la serie las sustancias opiáceas y lisérgicas), cuando acababa de abandonar el mundo (murió en 1967) el pintor neoyorquino que había capturado en múltiples telas los vacíos de un periodo crucial de la historia norteamericana congelando sus instantes cotidianos (estrategia narrativa sobre la que se cimenta la serie de Matthew Weiner). Así, en ese plano final, en un gesto que trasciende el mero tributo, Mad Men evoca el autorretrato de Hopper en el rostro de su protagonista. Con el sombrero fedora coronando sus cabezas, el pintor de América reaparece como un fantasma de la memoria tras la silueta indolente de Draper / Whitman.

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