Olvidado Rey Godard

FILM SOCIALISME
Film socialisme
Jean-Luc Godard, 2010

En una conversación que mantuvieron para la televisión francesa en 1987, Jean-Luc Godard le confesaba a Marguerite Duras: «Ahora empiezo a llegar al final y me siento un poco solo». La soledad de Godard no es solo la del intelectual que se aísla en una apartada villa suiza con su compañera, ni la del ermitaño que ha desarrollado una alergia a la vida social, a la prensa y los reconocimientos —capaz de dejar plantados, en el mismo año, a Cannes y a Hollywood, los dos grandes bastiones del cine mundial—, ni la del artista insobornable de convicciones culturales y políticas alejadas del pensamiento único. «Si me llevo mal con los terrestres es probablemente porque formo parte de los extraterrestres», dijo en cierta ocasión. La soledad de Godard es, en todo caso, la de su pantagruélica obra, que forma todo un continente en sí misma —casi 200 películas entre largometrajes, cortometrajes, televisión, vídeo-arte, publicidad, clips, cine-ensayo, diarios filmados, etc. —, de formas y relieves ferozmente intransferibles, una obra totalmente al margen de las inercias y exigencias de producción de la industria. Como dijo Rossellini de Chaplin: «Es la obra de un hombre libre».

Son muchos los rostros bajo los que se ha disfrazado la leyenda de Godard a lo largo de los 80 años que ya ha cumplido. Decir Godard es decir Cine, en mayúsculas. Tanto como decir Picasso es invocar el Arte del siglo XX. Seis décadas detrás de la cámara recorridas por un cineasta en perpetua revolución con el arte y consigo mismo. En los cincuenta, el Godard crítico de los nacientes Cahiers du cinéma; en los sesenta, el cineasta de la Nouvelle vague —su etapa más exitosa y reconocible, la que va de las obras maestras Al final de la escapada (1960) con Jean Seberg a Pierrot, el loco (1965) con Anna Karina, pasando por Vivir su vida (1962) y El desprecio (1963) con Brigitte Bardot—; en los setenta, el Godard militante que surge bajo el agitado frenesí maoísta del 68; en los ochenta, el videoartista de la televisión; en los noventa, el sabio ensayista y deconstructor de la imagen —con su opus magnum, las Histoire(s) du cinéma (1988-1998), ocho partes donde cabe todo el cine y todo el siglo XX—, y en la primera década del tercer milenio, el filósofo y genio visionario que traza el camino de la explosión digital. Mito viviente del siglo del cine, Jean-Luc Godard es el cineasta que ha dedicado su vida a devolverle al cine aquello que le arrebataron los «canallas» del capitalismo —como se refiere a ellos en Film socialisme—: su función como instrumento de pensamiento, y no como exclusiva herramienta mercantil.

Es producto entonces de la ingenuidad o de la ignorancia llevarse a sorpresa porque en el año 2010 cometiera semejantes “herejías” como dejar plantado al Festival de Cannes —«porque solo hubieran hablado de mí y no de la película», manifestó al periódico Neue Zürcher Zeitung—, o que rechazara la concesión de un Oscar Honorífico por parte de la Academia de Hollywood —«porque no tengo visado para entrar en Estados Unidos, no quiero solicitarlo y no quiero volar tan lejos», explicó a la misma publicación suiza—. Su carácter polemista y arrogante le ha seguido como una sombra durante toda su vida. El impulso del forajido, del outsider creativo, forma parte de su ADN. Desde Week End (1967), adaptación casi conceptual de un relato de Julio Cortázar, abandonó la literalidad cinematográfica para sumirse en el ensayo fílmico y renacer de nuevo como un filósofo de la imagen. De ahí que su nombre, durante prácticamente tres décadas, haya seguido asociado a sus obras de juventud para el común de los mortales. Pero en todos estos años, aunque las pantallas españolas por lo general hayan ignorado su existencia, Godard ha entregado una obra dinámica, transformadora, en perpetua relación con la deriva del cine y los tiempos. Sus películas respiran el aire de cada época que las ha alumbrado: Todo va bien (1972), Que se salve quien pueda (la vida) (1979), Yo te saludo, María (1985), King Lear (1987), Hélas pour moi (1993), Nuestra música (2004)…

El año 2010 fue especialmente profuso en “acontecimientos Godard”. Aparte del ruido mediático que generaron sus sonadas ausencias, 2010 trajo consigo el estreno de su último trabajo, Film socialisme; pero también la publicación de la controvertida biografía escrita por Antoine de Baecque (que desató un debate sobre el supuesto y legendario antisemitismo de Godard), y en España acaba de editar Intermedio el cofre Jean-Luc Godard. Ensayos —que incluye en cuatro DVD ocho ensayos cinematográficos, de La gaya ciencia (1969) a su autorretrato JLG/JLG (1994)—, acompañado del libro Jean-Luc Godard. Pensar entre imágenes (Núria Aidelman y Gonzalo de Lucas), una compilación de entrevistas, conversaciones y presentaciones que recoge las ideas de Godard —maestro de los aforismos— a lo largo de medio siglo. En sus palabras tanto como en sus películas palpita el vértigo de la aventura del pensamiento, inevitablemente complejo y contradictorio, pero siempre apasionante: «Si alguien me ha entendido —dice un personaje en Nuestra música—, es que no he sido claro».

Godard es una isla con un faro. A pesar de la distancia que mantiene respecto a las formas de cine que practican sus colegas, su figura emerge como la gran autoridad moral del cine contemporáneo, con la estatura de un gurú o un profeta que alumbra el camino de las imágenes futuras. Todas las películas a su alrededor parecen envejecer varios años cuando Godard estrena un nuevo film. Ya ocurrió con Elogio del amor (2001), donde volcó sus ideas sobre el potencial estético de la imagen digital, y el tiempo dirá si ocurrirá lo mismo con Film socialisme, que es tanto una declaración política, una meditación sobre la historia de Europa y la debacle económica, como un collage estético sobre el reciclaje de las imágenes en la era de YouTube. De impresionante belleza estética, en su primera ficción realizada enteramente en vídeo, pareciera que Godard haya empleado todo formato imaginable para glosar el “socialismo” en la pantalla, de la alta a la baja gama, del HD a las descargas de internet o las imágenes grabadas con un teléfono móvil.

El film se estructura como una sonata en tres movimientos. El primero es un crucero por el Mediterráneo donde se hablan varios idiomas (como en Una película hablada de Oliveira) y en donde deambulan personajes como una cantante americana (Patti Smith) o un filósofo francés (Alain Badiou); el segundo se sitúa en una casita y una gasolinera en Francia, donde un niño invidente protagoniza una escena extrañamente bella y perturbadora junto a su madre; y el tercero transita, recurriendo en buena medida al archivo de los horrores del siglo XX, por el itinerario del transatlántico, empezando en Egipto, pasando por Grecia («a la que Europa le debe todo») y terminando en Barcelona. «España es un país donde no faltan en este momento oportunidades para morir», escribe sobre negro, para que la pantalla se abra en abismo a los toros, a Velázquez, a Iniesta, a Don Quijote, la Guerra Civil, Hemingway y Orwell… Una visión de nuestra cultura sorprendentemente estandarizada (incluso folclórica), pero que juega su papel decisivo en este viaje ominoso y enigmático a la decadencia de la civilización, y que termina con un gigante, implacable «NO COMMENT». La parálisis de acción frente a una película que glosa el fracaso humanista con la distancia y la lucidez de un poeta cansado. Desde su lejanía y aislamiento, Godard ha dejado de contemplar el Reino de la Posmodernidad que un día fue suyo y rumia el cine de nuestro tiempo como un rey sabio y olvidado, desterrado en la soledad de su castillo. Su patria es el Cine.

— Publicado originalmente en El Cultural el 3 de diciembre de 2010.

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