Alocada estupefacción

LOS AMANTES PASAJEROS
Los amantes pasajeros
Pedro Almodóvar, 2013

En retrospectiva, uno revisa la filmografía de Pedro Almodóvar, y en cada trabajo da la sensación de que hay poco espacio para el azar, de que todo responde a un cálculo, a una carrera cuidadosamente estructurada. Almodóvar es de esos cineastas que han ido creciendo bajo la atenta mirada de sus espectadores, y aunque ha desarrollado el conjunto de su obra en lo que aparenta ser un work-in-progress sin interrupciones, lo cierto es que su imaginario no ha cesado de dialogar entre sí de una película a la siguiente, sofisticándose, llenándose de símbolos secretos y autocitas, también mediante un permanente homenaje al cine y a los cineastas que adora. A estas alturas de su carrera, cuando de la más descarnada vocación impúdica y punk ha caminado hacia un lugar en las universidades, los Oscar y los festivales de alta alcurnia, de la cultura trash a la alta cultura, siempre es intrigante descubrir qué es lo que el cineasta manchego, tan conocedor de sí mismo, nos puede proporcionar para seguir manteniendo su halo de enfant terrible.

Con Los amantes pasajeros nos invita a seguir planteándonos preguntas incómodas, preguntas sin respuesta, preguntas que inevitablemente, si hacemos el esfuerzo adecuado, nos acercan a nosotros mismos, a esa España invertebrada y a ese español mezquino y hedonista, azconiano y sainetero, trágico y despreocupado que, lo aceptemos o no, habita en nosotros. Sabe de aquellos que reaccionan con vehemencia, con rechazo visceral, a lo que desea mostrarnos, y aún así no le duele en prendas proporcionar motivos que sin duda aumentarán tantos odios enconados. La España que retrata —y desde luego hay que admirarle y respetarle por seguir haciéndolo, por no haber vendido su alma al diablo hollywoodiense, cuando ofertas no le han faltado— es irreductible a los deseos de los otros. ¿Que usted se siente más identificado con el modo en que nos retrató Berlanga que con el que lo hace Almodóvar? No importa. En verdad, ambos caminos confluyen desde sus opuestos. Así que Almodóvar nos invita ahora a hacer un examen de conciencia en tiempos tan sombríos para España, sin que olvidemos quién fue y quiénes fuimos, acaso para asegurarnos que sigue siendo el mismo y nosotros tampoco es que hayamos cambiado mucho. ¿O sí?

En Volver (2006) giró su mirada hacia ¿Qué he hecho yo para merecer esto? (1984), y hoy podríamos decir que en Los amantes pasajeros se propone rescatar lo que queda de aquel director que con 31 años (hoy tiene 63) dirigió Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón (1980), no tanto desde las formas como desde el espíritu de subversión, no tanto desde el cómo como desde el qué. En verdad, sus modos y maneras se articulan en el sentido opuesto. La propuesta estética enamorada del feísmo deliberado ha dado paso a la minuciosa estilización del plano y la puesta en escena; la desacomplejada, impúdica filmación del sexo, ahora que el sexo es el cotidiano de la televisión y el cine, se ha tornado hacia el exceso del pudor, de manera que ni siquiera una orgía merece un tratamiento carnal, sino que ahora prefiere filmarla con exquisito pudor: ni un seno, ni un trasero, como mucho el relieve de una erección. No es una novedad en todo caso que el cine del manchego se ha ido higienizando al compás de su madurez.

Pero hay muchas otras cosas en Los amantes pasajeros que sí nos invitan a establecer parangones con sus orígenes. Esos personajes dotados de una sexualidad perversa y naíf al mismo tiempo (donde cabe desde luego la virginidad), el desmaño de un relato que no le teme a las digresiones caprichosas, su estructura aparentemente desordenada, la naturalidad de las relaciones homosexuales y la mirada sarcástica hacia las frustraciones sexuales de los españoles, el empleo de las drogas como vía de acceso al placer inmediato, siempre superponiéndose al incesante drama que como una sombra ineludible se cierne sobre el destino de sus criaturas, completa y deliberadamente inverosímiles… Todo ello estaba en Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón. Todo eso está también en Los amantes pasajeros, comedia no menos disparatada que encuentra su zona de conflictos ideológicos en la metáfora y apela a la subversión ya no desde la imagen, sino desde la palabra.

Las metáforas son evidentes. Resumamos: el vuelo de la compañía Península donde se encierra casi todo el relato, con un breve descenso al infierno de Madrid transido de un romanticismo trágico, se ve obligado a un aterrizaje forzoso en un aeropuerto fantasma producto de una negligencia. Mientras los pasajeros de la clase business, fauna que simboliza la corrupción moral del país, se entregan al placer y el olvido, entretenidos por los azafatos, los de la clase turista no se enteran de nada, pues han sido narcotizados con ansiolíticos, para que no puedan protestar. Hay que admirar la inteligencia de Almodóvar para hacer un diagnóstico moral de un país deprimido, víctima del expolio y el desfalco continuado. De ahí que la coartada de invocar a la comedia ligera y sofisticada de los años treinta resulte tan pertinente, pues en ellas cabía esa necesidad de un gran artista (Hawks, Capra, Lubitsch…) de apelar al disparate y crear un universo fabulado para satirizar un país y una clase social en crisis.

La subversión, decíamos, está en la palabra. Sobre todo en estos tiempos de corrección política, cuando la incorrección ya no pasa por filmar los cuerpos desnudos, felaciones o golden showers que desfilaron por sus películas. La insubordinación respecto al pensamiento único (el del BCE y el desmantelamiento de los servicios públicos como imponderables) habita ahora quizá en aquello que se piensa y se dice. Y Los amantes pasajeros es una película hecha de palabra y de rostros desquiciados, de personajes a los que odiar y también por los que sentir amor, de tramas inestables y de diálogos tan imposibles y directos que sus significados solo surgen desde la convicción. Uno podrá reírse mucho o nada con las rebuscadas y surrealistas situaciones que propone Los amantes pasajeros (yo, lo confieso, apenas he cruzado la media sonrisa durante la proyección, aunque me he divertido mucho con el número musical de los azafatos, coreografiado para la cámara al ritmo de The Pointer Sisters), pero desde luego no podrá albergar duda alguna sobre la posición (ideológica, ética, histórica y humanista) en la que se coloca Almodóvar respecto a la España de nuestros días, gobernada por tipos tan siniestros como Montoro.

Y, claro, todo ello con la complicidad de un reparto de intérpretes numeroso y envidiable, al mando de quien ha demostrado durante décadas por qué es el mejor director de actores de la cinematografía nacional. Podemos aceptar finalmente que la risa no sea quizá el objetivo final de este film, que sus rupturas de la moral dominante deriven hacia la infantilización, que la ligereza de su epidermis y su acomodo en la comedia del absurdo (no muy lejos de lo que propusieron Abrahams y los hermanos Zucker en su momento) no hace sino ocultar la amargura que lleva dentro, y entonces ataremos algunos cabos sueltos que delatan el continuado amor por los subgéneros y subproductos del autor de Kika (1993). Una posible respuesta la hallamos en la presencia protagónica, siempre divertida, de Carlos Areces, ese cómico inigualable que se alió con la revolución muchachada, la que prendió el posthumor de Joaquín Reyes y está dando el salto, en los últimos tiempos, de la pequeña a la gran pantalla. Porque como en aquel antológico “Celebrities” que Muchachada Nui dedicó al propio Almodóvar, lo que interesa no es tanto invitar a la evasión con la risa, sino a la incomodidad desde la más pura y alocada estupefacción.

— Publicado originalmente en SensaCine el 8 de marzo de 2013.

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