Woody Allen o Larry David

SI LA COSA FUNCIONA
Whatever Works
Woody Allen, 2009

No es la primera vez que ocurre. Empezó con una hormiga animada (Hormigaz, Eric Darnell y Tim Johnson, 1998), y después Kenneth Branagh (Celebrity, 1998), Jason Biggs (Todo lo demás, 2003) y Will Ferrell (Melinda y Melinda, 2004) también han intentado calzarse los zapatos de Woody Allen. Pero no es sencillo tomar sus neurosis como propias, simular su lenguaje corporal o declinar sus chistes. Productos de un enmascaramiento forzado, aquellas “personificaciones” del genio neoyorquino caminan entre la sosa imitación de Branagh, el infranqueable muro generacional que se interponía entre este y Jason Biggs y las desesperadas muecas de Will Ferrell en busca de los manierismos y tartamudeos de Woody. Pero en Si la cosa funciona, la mascarada realmente funciona. El motivo es Larry David. Aunque el guión lo escribió Woody Allen hace más de treinta años con la idea en mente de que lo protagonizara el gran Zero Mostel, esta vez parece haber entendido que no se trata de buscar la mímesis interpretativa, sino de elegir a su auténtico doppelgänger. El cuerpo diminuto y enclenque de Woody Allen toma entonces la forma alta y desgarbada de Larry David, pero, de algún modo, la conjura de impostaciones permite que Larry David pueda ser Woody Allen sin dejar de ser Larry David, mientras que Woody Allen puede hacer una película con Larry David sin dejar de ser Woody Allen. Intentemos descifrar este galimatías.

Más que poner a dos egos en conflicto, Si la cosa funciona los emplea para que trabajen en la misma dirección: destilar con el legendario pesimismo que caracteriza a ambos genios del humor su visión compartida del mundo. En realidad, las sinergias y concomitancias creativas entre los dos cómicos vienen de lejos. Diletantes del humor judío y neoyorquino, ambos se formaron en la rica tradición del stand-up comedy (aquella cuya competitividad describen con ácido corrosivo Judd Apatow y Adam Sandler en Hazme reír), y hoy pueden escribir sus nombres con letras de oro en la historia del humor norteamericano. A sus 74 y 62 respectivos años de edad, Allen y David sobreviven como auténticos creadores de formas y fórmulas humorísticas. Si las credenciales de Woody Allen pasan por Buster Keaton, Billy Wilder y Groucho Marx (con cuya interpretación de Hello, I Must Be Going arranca esta última película); su admirado y también admirador Larry David, que ya había realizado un par de apariciones en Días de radio (1987) y su segmento de Historias de Nueva York (1989), ha desarrollado su carrera en el medio televisivo. Cocreador de la serie Seinfield (1989-1998), su nombre siempre estará asociado a la sitcom más revolucionario de la televisión norteamericana. Aquel «show sobre la nada», en palabras del propio Jerry Seinfield, centraba su dinámica narrativa en dos personajes, Jerry Seinfield y George Costanza —álter ego de Larry David interpretado por Jason Alexander—, de cuyas vivencias cotidianas, a su vez inspiradas en la vida de ambos cómicos, extraía la serie todo su humor. Por primera vez, la sitcom se desprendía de su tufillo moralista y apostaba por introducir la neurosis y la banalidad cotidiana en el origen de la carcajada.

«Cuando Larry es real, es divertido, porque él es divertido en la vida real». Bajo la aparente intrascendencia de esta declaración de Woody Allen se agazapa una de las claves del trabajo de Larry David: sus fricciones con lo real. El autor de Zelig (1983) ha sabido incorporar sabiamente a su último film los contagios de la personalidad de David, una vía que este abrió en Seinfield y que experimenta hasta el límite en su show particular Curb Your Enthusiasm, en emisión desde 1999. Esta ya legendaria serie televisiva, que en su octava temporada ha cruzado los umbrales de sofisticación narrativa que la emparentan con la “alta comedia” lubitschiana (vean el capítulo 3, Palestinian Chicken, un modelo de perfección en timing y estructura), glosa la propia vida del comediante en Los Ángeles y emplea recursos del falso documental para hacer convivir ficción con no ficción. La tensión entre ambos tonos genera una especie de simulacro documental que ya viene esparciendo Woody Allen en sus films desde hace años. No parece casual, por tanto, que el “homicida social” de Curb Your Enthusiasm se parezca tanto a Boris Yellnikoff, el impertinente y misántropo personaje que interpreta Larry David en Si la cosa funciona, y que a su vez este recuerde tanto al escritor incorporado por Woody Allen en Desmontando a Harry (1997), probablemente la película de su filmografía, junto a Maridos y mujeres (1992), donde las interferencias de lo real, esto es, el interior menos amable de Woody Allen, eclosionan con mayor intención y equilibrio dramático. Con todas sus similitudes respecto al molde original (verborrea ingeniosa, chistes destructivos, angst existencial, impertinencia desbocada, hipocondría paralizante…), no deja de llamar la atención la naturalidad con la que Larry David consigue mantener su identidad incorruptible en la piel de Boris.

Annie Hall (1977) iba a titularse “Anhedonia”, vocablo que describe a las personas que no sienten placer. El experto en mecánica cuántica Boris Yellnikoff es probablemente uno de ellos. Para él, la raza humana está formada por «cretinos» y «gusanos», y en su piel (o en la de Larry David) toma forma la variación del personaje alleniano más cáustica y detestable, pero extremadamente divertida, que ha creado nunca el autor de Manhattan (1979). En Si la cosa funciona, Woody Allen vuelve a colocar en el centro de la trama la relación entre un hombre maduro y una jovencita, si bien el regreso del cineasta judío a las calles de Nueva York, tras cinco años rodando en Europa, no comparte el tono sublime de aquella obra maestra, sino que exhibe sin complejos un tono menor de fábula hedonista. Hace de la imperfección una virtud. El principio de incertidumbre de Heisenberg, según el cual el observador puede modificar lo que observa, juega un papel crucial tanto dentro como fuera del film. Solo los márgenes de expectativa pueden revelar el verdadero valor de Si la cosa funciona, un amable regreso al hogar donde Woody vuelca su célebre escepticismo vital.

Si la cosa funciona ratifica la sospecha de que Woody Allen se ha retirando de la pantalla no solo ante la evidencia de que su edad ya no le permitía interpretar ciertos papeles (lo que no sería aplicable en el caso de Boris Yellnikoff, un papel que perfectamente podría haber asumido él), sino también por su afición a los juegos de variaciones y de enmascaramientos en su obra. Los frecuentes monólogos de Boris, rompiendo la cuarta pared (Boris es el único personaje que sabe que está dentro de una película), remiten a los juegos de representación de La rosa púrpura de El Cairo (1985), una exposición de la impostura que, sin embargo, no deja de apelar al encuentro de la cámara con un cierto naturalismo y con los recovecos de la identidad. Las escenas extensas, de una frescura que solo concede la primera toma, pueblan Si la cosa funciona para responder a la necesidad de que personaje y actor encuentren el espacio cómico propicio para que lo real asome por las grietas de la mentira. ¿Woody David o Larry Allen? Espejo de máscaras en un genio bicéfalo.

— Publicado originalmente en El Cultural el 2 de octubre de 2009.

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