El hombre melancólico

TODAS LAS CANCIONES HABLAN DE MÍ
Todas las canciones hablan de mí
Jonás Trueba, 2010

La melancolía no está de moda. Las nostalgias casan mal con un mundo en permanente huida. Mirar al pasado, cuando se avanza tan rápido hacia el futuro (o hacia ninguna parte), parece una bobada. Pero el desajuste contemporáneo es mayor si ese hombre melancólico es apenas un chico que estrena la treintena, todavía resolviendo los hervores de su primera educación sentimental, alguien cuyo pasado puede encerrarse en unos versos (o en unos pocos flashbacks) y a quien le queda casi toda la vida por delante. Ese hombre melancólico es Ramiro Lastra (un extraordinario Oriol Vila), el protagonista de Todas las canciones hablan de mí, enamorado de por vida de Andrea (una no menos extraordinaria Bárbara Lennie), formando una de esas parejas cinematográficas que llenan la pantalla de complicidades y sentimientos genuinos. Y también lo es, con toda probabilidad, Jonás Trueba, el autor de esta, por muchas razones, conmovedora película. Porque uno no concibe que la melancolía se pueda invocar de tal modo sin que esa melancolía haya sido nuestra, la hayamos masticado y vomitado sucesivas veces. He ahí, para empezar, la honestidad de un relato que se arriesga a ser muy personal (o biográfico), de interferencias fílmicas y literarias asumidamente transparentes.

«Yo soy un nostálgico, mirando siempre al pasado. Trabajo con mi pasado o con el de los demás. No conecto con lo moderno. Me muevo por experiencias vividas». Esto lo dijo François Truffaut. En 1968, cuando los estudiantes parisinos se empeñaban en romper con el pasado, el autor francés (que como sabemos no fue precisamente pasivo en los altercados políticos del mayo parisino) rodó Besos robados, una asunción de su febril nostalgia por un tiempo que fue o de su moderado modernismo, pues había en este film, que rodó con 35 años, un manifiesto repliegue a cierto cine antiguo, ya superado. El debut en el largometraje de Jonás Trueba, que ha realizado con 29 años —si bien sabemos de su habilidad para captar los sonidos de la vida por sus colaboraciones en Más pena que Gloria (2001) y Vete de mí (2006)—, nos traslada asimismo al regusto de un cine de antaño, que la autoría española ya practicó instalada en la añoranza por un cierto cine francés al que emuló con el consabido desfase cultural y temporal. Pero por encima de esos contagios truffautianos —en general deliciosos, aunque en ocasiones muy miméticos, lejos de la sutileza o la capacidad reflexiva de un Desplechin o un Assayas—, el film-libro de Jonás Trueba —con su compleja, ágil estructura en capítulos, con su dinámica epistolar, con su tono letraherido—, tiene la virtud de hablarnos desde ese aliento de vida exigible a toda ópera prima, de trascender sus herencias para inyectar frescura y desparpajo a una película en conflicto con “tiempos mejores”.

En ese pasado no podemos obviar las confluencias “paternales” del film, pues como aquella Ópera prima rodada en el Madrid de 1980, Todas las canciones hablan de mí —filmada en un Madrid contemporáneo tan reconocible como personal— también «encierra la breve historia de un personaje a medias entre un hoy que termina y un mañana que empieza», como escribió Ángel Fernández-Santos del debut de Fernando Trueba. La aparente urgencia de su hijo Jonás por saldar deudas con el pretérito avanza a medio camino entre lo serio y el pastiche, entre las vivencias experimentadas en la vida y experimentadas en el cine y los libros, lo que no le impide entregar una obra más que carismática, atenta a los detalles y las fragilidades del alma, una obra de compromiso moral consigo mismo (en torno al supuesto final de un amor), tan estimulante por lo que tiene de emotiva —atentos a la memorable, sublime última escena— como desconcertante por su vacilante (engañosa) anacronía.

— Publicado originalmente en el número 40 de Cahiers du cinéma. España.

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