Dylan en el caleidoscopio

I’M NOT THERE
I’m Not There
Todd Haynes, 2007

Desde los primeros instantes de I’m Not There, cuando la cámara reemplaza a Bob Dylan caminando hacia el escenario, el magnífico film de Todd Haynes toma por propósito inmiscuirnos en el caos y la genialidad que palpitan bajo la piel de Robert Allen Zimmerman. Más allá del excelente empleo de la música para puntuar los significados sumergidos de cada tema (algunos como Positively 4th Street, Ballad of a Thin Man, Moonshiner y Blind Willie McTell recuperan su sentido preciso en yuxtaposición con las imágenes), I’m Not There en realidad no trata en ningún momento de ahondar en el proceso creativo del artista, sino en su pesquisa de una identidad abstracta, elusiva y camaleónica. Es decir, en las máscaras que Dylan ha ido colocándose a lo largo de su carrera para que no viéramos a Zimmerman. Bien como el impostor de Woody Guthrie (Marcus Carl Franklin) o el espíritu reencarnado de Arthur Rimbaud (Ben Whishaw), bien como profeta, trovador y predicador del alma (Christian Bale), como outlaw solitario (Richard Gere), marido imposible o estrella mediática (Heath Ledger), la identidad inaprensible del artista es el gran tema dylaniano y por tanto el núcleo del film de Haynes, un versado dylanófilo. Con buen criterio, el objetivo que se propone Haynes no pasa por simplificar esa complejidad y retratar la vida y milagros del “hombre detrás de su música”, sino por ponerla en evidencia tomando la forma de un criptograma audiovisual con imágenes que recrean, reescriben, reinventan, comentan o remiten a otras imágenes firmemente ancladas en el imaginario visual dylaniano.

Pionero ejemplar de la cultura moderna y el universo pop, Dylan ha forjado su leyenda tanto con su obra como con su imagen. «El cine debe detener el tiempo», dijo en una ocasión, hermanando así su vertiente cinematográfica con su gran aspiración como artista, que no es otra que la promesa de la eternidad. Una de las primeras imágenes en movimiento que se conoce de Dylan nos traslada a sus días de bohemia en el Greenwich Village neoyorquino. Como un gato callejero o un ángel caído, un imberbe de mirada hambrienta desciende desde la parte superior del plano a una calle donde descansa una guitarra en su funda. Martin Scorsese “sacraliza” ese momento en su canónico documental Bob Dylan: No Direction Home (2005). El magnetismo que ha ejercido su aspecto fue, de hecho, antes que su música, el motivo por el cual D. A. Pennebaker aceptó la propuesta de seguir a Dylan durante su gira británica en 1965. De aquella primavera saldría una de las piezas fundacionales del Direct Cinema, Dont Look Back (1967), retrato del joven artista que ha ejercido una enorme influencia desde entonces, y en cuyo arranque musical con Subterranean Homesick Blues quedó determinado el nacimiento del videoclip bajo la bendición de Allen Ginsberg.

Dylan se lanzó poco después a su primera tentativa tras la cámara. Filmada con el mismo “equipo Pennebaker” de Dont Look Back, al que Dylan bautizó como The Eye —«fuera donde fuera, hiciera lo que hiciera, siempre los tenía en mis talones»—, Eat the Document (1972) es la respuesta de Dylan a la cadena ABC cuando le dio carta blanca para grabar su gira europea de 1966. «Si quieren la verdad, la tendrán», pensó Dylan, y el film arranca presentando sus credenciales: un plano bastante obvio de que Bob Dylan y Richard Manuel acaban de esnifar cocaína encima de un piano. Como si fuera el positivado en color de Dont Look Back, el film es un arrebato de cortes y de imágenes de la gira en un montaje tan convulso como el período que retrata, cuya estructura aparentemente anárquica y su molde abstracto merecen un lugar nada desdeñable en la tradición del underground experimental norteamericano. Además de abrirnos la puerta al asiento trasero de un coche que pasea por las calles del swinging London con John Lennon manteniendo la compostura frente a un Bob Dylan desfallecido.

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Pero la traducción en imágenes de su visión musical, única para ensamblar sin fricción lo narrativo y lo conceptual, quedará perfectamente ilustrada en su monumental experiencia cinematográfica Renaldo y Clara (1978). Película semiimprovisada a lo largo de la multitudinaria gira Rolling Thunder Revue, en ella Dylan da rienda suelta a su lado más bohemio en un recorrido por Estados Unidos con una troupe de amigos entre los que se cuentan Allen Ginsberg, Joan Baez y Sam Shepard, a quien invitó a la fiesta para escribir el guión del film. Tomando como único punto de partida las dos películas preferidas de Dylan (Los niños del paraíso, de Marcel Carné, y Tirad sobre el pianista, de François Truffaut), Renaldo y Clara avanza debatiéndose entre la ficción y el documental, con un Dylan interpretado por el sosias Ronnie Hawkins mientras él se oculta bajo la máscara de Renaldo y se confronta a sí mismo con su mujer Sara Lownds y su amante Joan Baez, encarnadas en I’m Not There por Charlotte Gainsbourg y Julianne Moore, respectivamente. «Esto se está convirtiendo o bien en el peor melodrama del mundo o en la mejor confesión cara a cara que se ha filmado nunca», escribió Shepard en su diario de aquella gira y aquella película. Entre la commedia dell’arte y el western musical, excesiva, abstrusa, circense, fascinante, engorrosa, pero absolutamente honesta, el montaje inicial de cuatro horas de Renaldo y Clara, un absoluto fracaso comercial, ha adquirido tintes de culto cinematográfico que, junto a Eat the Document, se cuenta entre las rarezas fílmicas más deseadas del universo rock.

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En su papel de Alias para el western de Sam Peckinpah Pat Garrett y Billy el niño (1973), Bob Dylan ya había configurado algo de la estética Renaldo. «¿Cómo te llamas?», le pregunta Garret/Coburn en un momento de esta insuperable elegía al viejo Oeste americano. «Esa es una buena pregunta», contesta Alias/Dylan. Y es que la identidad dylaniana ha sido la gran pesquisa de todo aquel que se ha enfrentado al estudio de su poliédrica obra. Sobre esa identidad múltiple y fragmentada, que apuesta «por la refracción más que por la condensación», como escribió Todd Haynes a Dylan en su carta de presentación, se estructura I’m Not There. Y es que cuesta pensar que el mismo Dylan que puso música y rostro a la obra maestra de Peckinpah también lo hiciera catorce años después en Corazones de fuego (1987), un producto sonrojantemente ochentero dirigido por Richard Marquand en el compartió plano con Fionna y Rupert Everett. Su interés a día de hoy (si es que alguien puede encontrar la película) puede hallarse en el juego de espejos que propone, con Dylan colocándose en la curtida piel de una estrella del rock retirada que se ve a sí mismo en el famoso The Concert for Bangladesh (1972), la película auspiciada por George Harrison cuya interpretación de Dylan (su regreso a los escenarios tras el accidente de moto con el que abre Todd Haynes su film) compite en intensidad y magnetismo con la registrada por Scorsese en el imprescindible El último vals (1978), donde, según Robbie Robertson, aparecía sobre el escenario como «un Jesucristo con sombrero blanco».

Dylan también interpretaría a una vieja gloria musical, sarcástica y enmudecida, en la inclasificable Anónimos (2003), una excentricidad escrita por el propio Bob Dylan y por Larry Charles, director de la cinta. Dylan se parapeta bajo el seudónimo Sergei Petrov (un actor del cine mudo), mientras Charles, viejo guionista de Seinfield, lo hace bajo el falso nombre de Rene Fontaine. El guiño al bizarro destino que Dylan introduce en el film queda inscrito en el nombre de su personaje, Jack Fate, quien al arrancar la historia es liberado de una mugrienta cárcel de un simbólica república bananera para encabezar el cartel de un concierto benéfico organizado por una viperina promotora (Jessica Lange) y un conspicuo y sudoroso mánager (John Goodman). Aparte de varias interpretaciones intensas y radiantes (de Dixie, de Cold Irons Bound), esta fábula sobre la mística de Dylan le permite organizar el enésimo enmascaramiento de su leyenda, especialmente en una estrafalaria escena en la que el músico se retrata a sí mismo como una estatua silente ante las preguntas del agresivo periodista Jeff Bridges. A pesar de su cultivado misticismo, de la disparatada relación con la prensa que ha mantenido a lo largo de su carrera (véanse la entrevista con el periodista de Time incluida en Dont Look Back o la memorable rueda de prensa en San Francisco, del 3 de diciembre de 1965, que Cate Blanchett estudió a fondo para componer su avatar de Dylan en I’m Not There), por entonces Martin Scorsese sí logró arrancarle cuatro palabras para Bob Dylan: No Direction Home, película que viene a legitimar la condición de Dylan como héroe popular americano. Dylan concedió una entrevista de diez horas para el cineasta (aunque en realidad se la dio a Jeff Rosen, su mánager y productor de la película) en la que se prestó a rememorar los explosivos inicios de su carrera, entre ellos el mítico grito de «¡Judas!» en el concierto de Manchester, un hasta entonces inédito documento videográfico que, para sorpresa de todos, se saca Scorsese de la chistera. Sin embargo, las respuestas y relatos de Dylan en la sesión de entrevistas no iban desde luego encaminadas a destruir el mito, sino a imprimir una vez más la leyenda.

Bob+Dylan

— Publicado originalmente en El Cultural el 19 de febrero de 2010.

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